domingo, 16 de mayo de 2021

Los días perdidos de Raúl Jiménez por Rory Smith

 

Los compañeros de Jiménez llevaron camisetas con su nombre antes de un partido
de la Liga Premier en Liverpool el 6 de diciembre, después de que se lesionó

 

Fuente: https://www.nytimes.com

Por:

 

Raúl Jiménez recuerda haber llegado a Londres con sus compañeros del Wolverhampton Wanderers. También recuerda que entró al campo en el Emirates Stadium aproximadamente una hora antes de ese partido de noviembre contra el Arsenal, miró brevemente la cancha y regresó a los vestidores para cambiarse. Como de costumbre, iba a liderar el ataque de su equipo.

Después de eso, todo está en blanco.

Todo lo que recuerda de los cinco días que siguieron son instantáneas, borrosas e inconclusas. Sabe que estuvo en el hospital. Las enfermeras le llevaban comida a la cama y lo acompañanan al baño. Le hicieron pruebas para comprobar su equilibrio. Su novia, Daniela Basso, le habló en videollamadas para que pudiera ver a Arya, su hija de 6 meses. Dice que esos son sus días perdidos.

Es comprensible que Basso anhele la paz —no la del olvido— sino la de no haber pasado nunca por eso. Recuerda cada minuto con una claridad dolorosa y penetrante. Tiene que repasar la historia con cuidado, como si solo pudiera procesar una pequeña parte a la vez. De vez en cuando, mira a Jiménez, sentado a su lado en una videollamada, como para asegurarse de que sus temores más oscuros no se hicieron realidad.

Estaba en su casa, en Wolverhampton, cuando comenzó el partido del 29 de noviembre. Acababa de bañar a Arya y trataba de que se durmiera. Solo habían transcurrido unos minutos del juego, cuando el Arsenal ganó un tiro de esquina.

Jiménez, un delantero mexicano que en ese momento estaba defendiendo, miró el balón despejado cuando David Luiz, el defensor del Arsenal, entró corriendo. La frente de Luiz se estrelló contra el costado del cráneo de Jiménez. El sonido de la colisión fue tan fuerte que se escuchó a través de la transmisión televisiva. Jiménez cayó al pasto.

“Desgraciadamente, lo primero que pensé fue que se murió”, dijo Basso. “En pantalla nunca lo vi reaccionar. Normalmente, cuando los jugadores se caen y se lastiman, ves reacción”. Cuando dice esto, Basso es capaz de volver a sonreír. “Ahí es cuando sabes si están fingiendo o no. Pero no vi nada. No pude ver nada. No pude ver sus ojos. Era una de las sensaciones más feas en la vida.”

Agarró el teléfono y llamó a todo el mundo: en la televisión veía cómo el equipo médico le colocaba a Jiménez un aparato respirador y lo subía con suavidad a una camilla para trasladarlo rápidamente a un hospital. Probó con el oficial de enlace de los jugadores del club y luego con los fisioterapeutas. Finalmente, se comunicó con la secretaria del club. Lo único que le dijo es que la contactaría apenas tuviera noticias.

“De ver al accidente, hasta que yo supe que él estaba vivo —no bien, vivo— pasaron 45 minutos”, dijo. “Imagínate, 45 minutos en que intentaba tener la cabeza fría y decir que todo estaba bien”.

Finalmente, se comunicó con el médico del club. El doctor disipó sus peores miedos. A Jiménez lo estaban llevando a un hospital. Pero su alivio duró poco. El médico le dijo que sería operado de inmediato. Ella le preguntó si debía ir a Londres. Le dijo que sí. “Ese fue el segundo shock”, dijo. “El doctor sabía que tenía una bebé, prácticamente recién nacido. Cuando dijo que ‘sí, vente’, supe que era muy grave.”.

El club le mandó un taxi que la llevó a Londres con Arya. El viaje duró casi tres horas. Recuerda que Arya no durmió durante el viaje. Pero su bebé de 6 meses no lloró ni una sola vez, dijo Basso, a pesar de la travesía en plena noche y en un auto desconocido. “Te pasa todo por la cabeza”, dijo.

La pareja no tiene familia en Wolverhampton; su única red de apoyo, como dijo Jiménez, son sus dos perros. Basso, una actriz cuya relación con el delantero ha hecho que tenga que vivir en Portugal, España, y ahora en Inglaterra, a medida que avanza su carrera, fue el contacto principal de todos los familiares y allegados. “De nuestras familias y nuestros amigos en México, fue un bombardeo”, dijo. “Tenía que ser fuerte. Tenía que decirles que todo iba a estar bien”.

Cuando ella y Arya llegaron a Londres, Jiménez estaba en cirugía. Ella esperó. Durante dos, tres o más horas. El tiempo se tornó borroso y deformado. “No podía verlo”, contó. “Ver que estaba bien”. Cuando terminó la cirugía por la fractura de cráneo, dejaron que lo viera, pero solo por un par de minutos. Todavía estaba sedado. “Me dijeron que había salido bien”, dijo. “Pero debido a la covid no pude quedarme con él”. Cuando Basso y su hija llegaron a un hotel, a las 8:00 a. m. del día siguiente, Arya finalmente se quedó dormida.

Jiménez estuvo una semana en el hospital, aunque recuerda poco de esos días. Su contacto con Basso y Arya, debido a las restricciones por la pandemia de coronavirus, fue a través de videollamadas. “Nadie podía verlo”, dijo Basso. “Hablamos con él solo para decirle que estábamos cerca. Así sabía que no estaba solo”. Verlo caminando, sin ayuda, afuera del hospital el viernes siguiente fue “lo mejor, finalmente estaba con nosotros”, dijo.

Para Jiménez, las semanas siguientes transcurrieron con lentitud. Sus médicos le advirtieron que se lo tomara con calma. Le dijeron que podría tardar un tiempo en recuperar el equilibrio. Se cansaba rápidamente y admite que se tomaba “un par de siestas al día”. Tuvo que visitar el hospital para hacerse exámenes, verificar si había inflamación en el cerebro y asegurarse de que se estaba sanando la fractura en su cráneo. Aparte de eso, todo lo que podía hacer era esperar.

A Basso, por otro lado, le sorprendió la velocidad. “Fue difícil esa primera semana, pero la semana siguiente fue impresionante”, dijo. “A mí me habría tomado cinco meses recuperarme, pero él empezó a mejorar muy rápido”. Se pregunta si el hecho de que sea un atleta ayudó a acelerar su recuperación.

Apenas tres semanas después de la cirugía, Jiménez regresó a las instalaciones del equipo, solo para volver a sentir el césped bajo sus pies y reconectarse con sus compañeros. En un mes, estaba dando sus primeros pasos para volver a jugar: primero en el gimnasio, trabajando en su movilidad, su coordinación, y su equilibrio.

Unas semanas más tarde regresó al campo, primero para correr y luego, a principios de marzo, para entrenar. No se sabe cuándo volverá a jugar. Jiménez, de 30 años, espera poder regresar esta temporada o disputar algunos compromisos internacionales con México este verano, pero no hay un calendario definitivo. Sin embargo, el hecho de volver a sentirse como un futbolista es un gran triunfo para él.

“Te sientes parte del equipo de nuevo”, dijo. “Estás entrenando con ellos, cumples el mismo horario. Al principio, llegaba yo a entrenar y, cuando había terminado, prácticamente todos ya se han ido. Es difícil al principio. Cuando vas entrenando más con el grupo es cuando te empiezas a sentir otra vez parte”.

Su participación se rige por reglas estrictas. Le han dicho que no puede cabecear el balón, al menos no todavía. Es uno de los puntos fuertes de su juego, una de las cosas que más le gusta hacer. Cuando finalmente vuelva a cabecear, comenzará con una pelota más suave y más pequeña para ayudar a que su cráneo desarrolle resistencia. Sin embargo, hay beneficios.“Le dijeron a mis compañeros que fueran cuidadosos conmigo”, dijo. “Es extraño para ellos y para mí. Agarro el balón y nadie puede tocarme. Es como si fuera Messi”.

Lo que nunca dudó, ni por un segundo, era que quería volver. Basso nunca lo vio desanimado o enfurecido, ni siquiera durante las dificultades de los primeros días. Dice que más de una vez le dijo que debía llorar si le daban ganas. Él le dijo que no era necesario porque sabía que volvería a jugar.

“Nunca pensé que no quería volver”, dijo. “Es lo que hago desde que tengo memoria. Es lo que más me gusta hacer. Tener a ellas aquí en la casa, me motivan a querer regresar. La mejor motivación que puedo tener es querer que Arya me vea jugar. Nunca tuve dudas. Si el cráneo se cura bien, si el cerebro se recupera por completo, puedo volver a jugar”.

Para Basso, es más complejo.

Su prioridad, por supuesto, es que su compañero “esté aquí con nosotras y esté bien, juegue o no”. Pero todavía lucha con los recuerdos de lo que vio y sintió, los momentos “horribles” en los que vuelve a pensar. Tiene que recordarse que Jiménez está en casa, que la cirugía fue un éxito, que sus médicos confían en que no hubo daños duraderos en su cerebro. “Cuando lo pienso, veo que él está aquí y eso me da paz”, dijo.

Ella también ha tenido que luchar, dijo, con la preocupación de volver a verlo en el campo, en un partido donde no habrá reglas para que los oponentes sean gentiles con él, para que eviten el contacto, donde no solo le permitirán cabecear la pelota —aunque probablemente tenga que usar algún tipo de casco protector— sino que lo animarán para que lo haga.

Sin embargo, dice que confía en los médicos que supervisan su recuperación y confía en Jiménez. Ella ha tomado fuerzas de la absoluta convicción del jugador que asegura que volverá al fútbol. “Si decide volver a jugar, entonces tiene que ir con todo, sin miedo”, dijo. “Cuando tienes miedo pasan los accidentes. Si decide que no puede hacerlo, está bien decir que no puede. Pero que no lo haga con miedo. Cualquiera que sea su decisión, aquí estoy”.

Ella también piensa en si podrá volver a tener la misma actitud que esa noche del pasado noviembre cuando se sentó tranquilamente a verlo jugar, libre de preocupaciones, sin temer lo peor. Siempre ha disfrutado sus partidos, y ahora le preocupa que tendrá “el corazón en las manos” cada vez que él salga al campo. Los ecos de lo que escuchó, y los recuerdos de lo que vio, nunca se desvanecen.

Pero cree que pensará en eso cuando él regrese. Jiménez extraña muchas cosas del fútbol. “El viaje del hotel al estadio, la sensación de salir al campo a jugar”, dijo. Sobre todo, lo que echa de menos es “marcar un gol, la sensación más bonita, la satisfacción de hacer tu trabajo, de ayudar a tu equipo”.

La próxima vez que lo haga, y Basso, como Jiménez, confía en que habrá una próxima vez, ella estará mirando. “Confío en él”, dijo. “Veré los partidos y voy a disfrutar los goles. Y mi hija disfrutará viendo a su papá marcar un gol”.

 

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