jueves, 16 de noviembre de 2023

La vergüenza de caernos

 

 

Fuente: https://www.nytimes.com

Por: Dani Shapiro, autora de 11 libros, es presentadora del pódcast Family Secrets. Su novela más reciente se titula Signal Fires.

 

La mañana siguiente a mi caída, me quedé en la cama pensando en los daños que podría haber sufrido. Tenía las rodillas destrozadas. La derecha me dolía y estaba hinchada. Toqué las vendas que mi esposo había puesto la noche anterior en mi barbilla. Todavía estaban en su lugar, pegajosas por la sangre. Me dolía la quijada. Pasé la lengua por mis dientes; me pareció que ninguno se había roto. Por poco, pensé. Distintos versos de uno de mis poemas favoritos, de Wislawa Szymborska, rondaban en mi cabeza: Podría haber pasado. Tenía que pasar. Pasó, pero no te pasó a ti

Íbamos caminando de vuelta hacia nuestro auto después de cenar con unos amigos. La noche estaba despejada. La acera estaba tersa. Porque estaba lloviendo. Porque había sombra. Porque el día era soleado. ¿En qué estaba pensando un momento antes? Planes, tal vez: mis reuniones del día siguiente o si ya se nos iba a acabar el café. No estaba poniendo atención a cómo movía mis pies por el pavimiento ni al movimiento de mi cuerpo a través del espacio, hasta que mis rodillas y mi barbilla golpearon el suelo. Me paré de inmediato. “Estoy bien”, les dije a mi esposo y a mis amigos, que estaban horrorizados. “Estoy-bien-Estoy-bien-Estoy-bien”. Prácticamente lo recité, como si fuera una plegaria; como si decirlo, por algún motivo, fuera a hacerlo realidad.

Lo cierto es que no estaba bien. Saqué las piernas de la cama y probé si sostenía mi peso. Logré llegar hasta el borde de las escaleras, me sujeté del barandal y bajé los escalones uno por uno. Cada paso se sentía inestable, como si el mundo se hubiera inclinado sobre su eje y yo fuera la única persona que fuera a salirme de él. Era una sensación conocida, no porque hubiera sufrido lesiones similares en el pasado, sino porque había surgido una sombra, un recordatorio poderoso de que la vida es incontrolable e impredecible y que somos frágiles. Siempre había considerado que era muy, muy peligroso vivir, aunque solo fuera un día. La señora Dalloway de Virginia Woolf lo sabía bien.

Esto es lo que nadie te dice sobre las caídas: sigues cayendo una y otra vez. Te caes en los bordes. Te caes en las escaleras. Te caes en la regadera. Eres como una astronauta que flota y da vueltas por el espacio mientras todos los que te rodean parecen estar en tierra firme. La vida se te revela como ese juego infantil de serpientes y escaleras: giras la flecha, aterrizas en una mala casilla y vas para abajo.

Tu mente te hace esto, además de otra cosa.

Cuando nos caemos, nos consume la vergüenza y su prima más tóxica, la humillación. Quedamos atormentadas por nuestra fragilidad y el rumor de vejez y muerte que la acompaña.

La mayoría de los días podemos aparentar que tenemos el control. Ofrecemos distintos relatos cuando ocurre algo que no tiene lógica de inmediato o amenaza nuestra ilusión de seguridad. No hay nada que nos guste más que una razón. En el caso de una caída, quizá primero busquemos en el exterior: una grieta en la acera, una irregularidad en el pavimento, esos torpes zapatos (mi mamá se tropezó y cayó en una ocasión en la calle 86 Oeste y pensó en demandar a la ciudad de Nueva York). Pero, muy pronto, se cuela una voz más insistente: Fue mi culpa. Ahora van a saber quién soy en realidad, lo débil y frágil que soy y que estoy sola.

Una caída es distinta a un accidente o un acto de violencia. Nadie te hace nada; al contrario, tú hiciste algo. Yo había sido la agente de mi propia casi catástrofe. Mi confianza en mí misma estaba rota, igual que (como supe muy pronto) mi quijada.

Esto es lo que hace la humillación: nos aísla porque nos dice que somos raros y estamos mal. Es la única forma en que puede hacer de las suyas en nosotros.

Cuando comenzó a circular la noticia sobre mi caída, quería esconderme. Estoy-bien-Estoy-bien-Estoy-bien. Cuando hablaba con alguien, ponía énfasis en lo afortunada que era, porque podría haber sido mucho peor. Me había hecho a la idea de que era afortunada, aunque los dedos de mis pies estaban al borde del abismo.

Entonces, publiqué algo sobre mi caída en las redes sociales y se desataron los comentarios. Había buenos deseos llenos de cariño, muchas oraciones y luz y gente que me ofrecía enviarme sopa, pero lo que me dejó sorprendida fueron las historias. Por un tiempo, la sección de comentarios de mi cuenta de Instagram se convirtió en una comunidad de personas, la mayoría mujeres, que no solo se compadecían de mí, sino que se identificaban conmigo, se sentían conectadas y compartían la historia de su propia caída: me caí de un caballo; en una boda; me tropecé con nuestro perro; mientras cargaba a mi hija pequeña; de bruces en la calle; me rompí el sacro; de mi bicicleta de carreras; en una zanja; en mi propia casa, mientras no hacía nada fuera de lo ordinario; me caí al subir a un bote tambaleante; me golpeé en la parte del hueso que está en la ceja; tuve una caída horrible en la regadera; se me desvió el coxis; me desmayé; rodé por las escaleras; me fracturé el cuello y la cara; me cimbró hasta la médula.

Me cimbró hasta la médula. Cuando sufrimos alguna lesión, quedamos de manera abrupta separados de la manada de los sanos. Pero lo que sentí entonces fue que no estaba sola. A todos nos pueden acaecer (¡vaya palabra!) dificultades, así que: ¿qué caso tiene culparnos y humillarnos? Las serpientes están a solo un giro de flecha de distancia. Podemos decidir verlas como una posibilidad inaceptable y permitir que nos petrifique o podemos aceptarlas como una realidad hermosa y llena de ternura. Reconocer esta verdad humana fundamental bien podría salvarnos.

Ya pasó un tiempo desde esa noche en la que caí de boca en el pavimento. Ya no revivo ese momento en mis horas de vigilia, aunque todavía surge en mis sueños. Mi cuerpo se va recuperando, pero sospecho que la sanación que necesito va más allá de los huesos fracturados. En el torrente de comentarios compartidos por extraños que extendieron las manos para tomar las mías y ayudarme a ponerme de pie una vez más (en su disposición a decir yo también) hay una lección para todos. Si pudiéramos reconocer la fragilidad que todos compartimos, dejaríamos de optar por la humillación.

 

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